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LOS TERRORISTAS COLOMBIANOS
escrito por Maria Elena Salinas   
Fecha: 05/11/2001
 
En un asalto reciente a un pequeño pueblo, unos 300 guerrilleros jóvenes, entre las edades de 12 y 17 años, participaron en una violenta batalla con morteros y granadas. Como si fuera un juego de Nintendo, los chicos se reían al ver caer muertos al piso a sus víctimas. Estos niños, tanto varones como hembras, no fueron entrenados por fundamentalistas islámicos para morir por el Dios Alá, sino que rebeldes oportunistas convertidos en terroristas, les lavaron el cerebro. La lucha no ocurrió en las montañas del Medio Oriente o en el centro de Asia sino en una pequeña población de los Andes colombianos. Colombia tiene la poco honrosa distinción de ser el único país en este hemisferio que es hogar de tres grupos armados que aparecen en la lista de Organizaciones Terroristas Extranjeras del Departamento de Estado. El grupo más pequeño es el ELN, Ejército de Liberación Nacional, cuyas tácticas incluyen la voladura de oleoductos. El más nuevo, la organización paramilitar Autodefensas Unidas de Colombia, es responsable por centenares de masacres de campesinos. El más grande y peligroso es la FARC, Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia. Los 300 niños guerrilleros que participaron en el reciente ataque a la población de San Bernardo, en el que murieron 15 policías, pertenecen a la FARC, conocido por reclutar a niños y enviarlos al frente de batalla. Pero su fama o su infamia va más allá. La FARC se ha convertido en la peor pesadilla para los colombianos. Controla el 40 por ciento del territorio en una zona desmilitarizada como del tamaño de Suiza. Maneja un presupuesto cercano a los 80,000 millones de dólares, mayor que el de todas las naciones de Centroamérica juntas. Tiene varios negocios lucrativos como el tráfico de drogas, la extorsión y el secuestro. Su tácticas van desde el secuestro de un avión repleto de pasajeros o de los asistentes a una iglesia, hasta la famosa "pesca milagrosa" en la que establece puntos de inspección en las carreteras y secuestra personas al azar. La FARC ha impuesto su propias leyes, inclusive una para cobrar un "impuesto de guerra" a individuos o negocios con un fondo superior al millón de dólares. Quien se niegue a pagar es secuestrado para cobrar un rescate. En cinco décadas el conflicto ha cobrado las vidas de un millón de colombianos. En promedio, 500 personas mueren mensualmente en esta guerra no declarada. Tan sólo el año pasado 300,000 personas fueron desplazadas en el interior del país, según Amnistía Internacional. Aunque Estados Unidos no descarta el uso de la fuerza militar en Colombia, esta apoyando un proceso de paz que ha sido un verdadero fracaso. Durante tres años el gobierno colombiano ha ido extendiendo la zona desmilitarizada una y otra vez. Pero las matanzas, los secuestros y la extorsión no se han detenido. El proceso de paz da a los rebeldes una legitimidad que no merecen, y el Presidente Andrés Pastrana continua otorgándoles conceciones. La mayoría de los colombianos dan la bienvenida al apoyo de Estados Unidos para la lucha contra el narcotráfico y el terrorismo, pero no quieren ver una intervención militar al estilo de Afganistán en su país. El congresista Silvestre Reyes, D-Texas, miembro del Comité de Inteligencia de la Cámara de Representantes me dijo que Colombia no será centro de atención mientras no sea capturado Osama bin Laden. Aun así el terrorismo en Colombia seguramente sera el tema central cuando el Presidente Pastrana se reuna con su homólogo George W. Bush el 11 de noviembre. Es hora de que Estados Unidos, que ha perdido a 13 de sus ciudadanos en el conflicto, comience a presionar al gobierno de Pastrana para que endurezca su posición con los rebeldes. Su proceso de paz no está funcionando y estoy segura que a él no le gustaría ser percibido como un líder que alberga a terroristas y terminar sufriendo las mismas consecuencias que los del Talibán.