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LA NUEVA GUERRA URBANA
escrito por Maria Elena Salinas   
Fecha: 29/08/2005
 
SAN SALVADOR, El Salvador -- Sentado en una silla de madera que el mismo tallo, frente a su humilde casa en San Salvador, Francisco Campos recuerda con nostalgia cuando a los 14 años de edad llego a la ciudad de Los Ángeles. "Trabaje como niñera," dice con ironía. "Me llevo mi hermana mayor y el primer año me hizo cocinar y cuidar a sus tres hijos." Pero poco después Francisco se convirtió en uno de los fundadores de la que hoy en día es considerada la pandilla más temida, más perseguida y más organizada en el continente: La Mara Salvatrucha. El año en curso era 1982, "en ese entonces no había pandilla, pero frente a una iglesia había un parque en el que nos reuníamos unos 10 o 15 Salvadoreños," relata Francisco. Todos tenían algo en común, eran refugiados de la sangrienta guerra civil que desgarraba su país. Les gustaba escuchar música de rock n roll, tenían el pelo largo y usaban ropas holgadas. Eran pobres y de familias desintegradas. No eran violentos, pero al sentirse hostigados por pandilleros mexicanos de la ya existente pandilla de la calle 18, recurrieron a las habilidades que adquirieron en el conflicto armado de su país colaborando con la guerrilla izquierdista o el ejercito apoyado por Estados Unidos. "Los pandilleros nos golpeaban y nos insultaban," recuerda Francisco, "Pero nosotros teníamos conocimiento de armas, de bombas caceras, sabíamos pelear con machetes." Eso no es todo lo que aprendieron. Aprendieron a odiar al enemigo. "A mi hermano lo torturaron y lo botaron en el Playon, un terreno de lava al pie del volcán donde tiraban los cadáveres," recuerda Francisco. "No lo podíamos recoger, así es que los perros se lo comían." Han pasado más de 20 años, y lo que comenzó como un plan de defensa propia se ha convertido en una amenaza a la seguridad nacional de Estados Unidos donde la MS tiene presencia en 33 estados, y un factor desestabilizador en varios paises de Centro América. No hay cifras oficiales, pero distintas fuentes hablan de entre 40,000 y 100,000 miembros de la MS solo en El Salvador, Honduras y Guatemala. En esos países las cárceles están repletas de pandilleros que usan las prisiones como cuarteles para una cruenta guerra entre pandillas rivales. Tal ha sido la violencia en las cárceles que en El Salvador y Honduras han tenido que albergar a los miembros de la Mara Salvatrucha y los de la Mara 18 en diferentes espacios. En Guatemala lo que parecía una tregua entre las pandillas rivales se vino abajo con la muerte de decenas de miembros de 18 en cuatro motines carcelarios. Miles de pandilleros emigran hacia Estados Unidos dejando una huella sangrienta a su paso por México. "El tema de las maras no es un tema muy sencillo de tratar," me dijo el presidente de El Salvador Tony Saca, recordando que el problema se exacerbó cuando Estados Unidos comenzó a deportar a pandilleros indocumentados a principios de los 90. "Encontrando tierra fértil en nuestro país, esa gente vino a organizar las pandillas." "Cuando a mi deportaron a El Salvador yo venia con la idea de huir de la pandilla y de las drogas," me dijo Francisco. "Pero aquí ya había miembros de la 18, y comencé a formar la MS." No fue difícil encontrar a jóvenes que desde los 11 años de edad vieran a la pandilla como una alternativa a su vida de pobreza y desesperanza. En un barrio de la zona de Quetzaltepeque, hay evidencia de esa tierra fértil. Un grupo de jóvenes con tatuajes, armados y fumando marihuana se paraban desafiantes contra una pared manchada de graffiti. "Nos vemos en el infierno," decía un mensaje críptico en la pared. Allí nadie quería hablar. Solo me dijeron que habían sido golpeados por el gobierno y engañados por los medios. Los pandilleros en Centro América están envueltos en un círculo vicioso de violencia. Son rechazados por la sociedad. Por estar tatuados no pueden conseguir trabajo. Por no tener trabajo se dedican a la venta de drogas y la extorsión. Por sus crímenes son arrestados y en la cárcel perfeccionan su criminalidad. Llega un momento en que le pierden el respeto a la vida y no le temen a la muerte. ***