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LAGRIMAS DE FRUSTRACION
escrito por Maria Elena Salinas   
Fecha: 12/09/2005
 
Siento ira, disgusto y frustración. Y ni siquiera vivo en Mississippi, Alabama o Luisiana. No importa cuantos millones de dólares se gasten o cuántos miles de soldados sean enviados, cuántos centros de emergencia médica se instalen, o cuántas botellas de agua o platos de alimentos se sirvan. Llegan demasiado tarde. No era necesario que tantas personas murieran de hambre y deshidratación. No era necesario que los enfermos estuvieran días sin medicinas o que los hospitales estuviesen sin equipo para atender a los más graves. No había necesidad de permitir que la desesperación humana llegase a niveles inusitados, que policías se suicidaran y que las víctimas de la tragedia se vieran en la necesidad de tener que robar para alimentar sus hijos. No era necesario que hubiera tiroteos ni que mujeres fueran violadas o los turistas atacados. Cuando uno está en el negocio de las noticias, como yo, una tragedia de la magnitud del huracán Katrina llega ser parte de su vida. Es una noticia gigantesca para cubrir. Nos consume cada minuto. Exige nuestra atención absoluta. Difícilmente se tiene tiempo para sentarse y reflexionar acerca de la inmensidad de lo que ocurre a nuestro alrededor. Pero cuando finalmente tuve oportunidad de sentarme frente al televisor y no frente a una cámara para reportar las noticias, sentí la misma indignación que millones de norteamericanos han sentido. No podía creer al ver las imágenes de total anarquía y desesperación en Nueva Orleans. No uno, ni dos, ni tres, ni cuatro, sino cinco días después que el huracán Katrina azotara la costa del golfo. Fue desesperante no poder ayudar. Lloré. Lloré con las víctimas y lloré por ellas. Lloré de frustración. Por supuesto, la ayuda finalmente comenzó a llegar. El presidente Bush fue a abrazar a algunas cuantas víctimas y la Guardia Nacional restauró el orden en Nueva Orleans. Pero ninguna campaña de relaciones públicas o visita presidencial borrará el fracaso de nuestro gobierno para responder a esta tragedia humana. No podemos culpar al gobierno por la llegada de Katrina. Por muy rico y poderoso que sea este país nada puede hacer para detener a la naturaleza. Pero aunque no podamos evitar que el huracán llegue, gracias a la tecnología, sí sabemos que viene en camino, cuándo llegará y más o menos cual será su blanco. Es inaceptable que Estados Unidos pueda planear y llevar acabo una guerra preventiva pero no pueda prepararse para enfrentar un desastre natural que anuncia su llegada. Después de tocar tierra en La Florida dejando un rastro mortal a pesar de haber sido un huracancito de Categoría 1, los expertos advirtieron que Katrina podría llegar a ser de Categoría 5. No hay que ser meteorólogo para darse cuenta que la tormenta era un monstruo que descargaría su furia sobre el golfo. Las noticias obviamente llegaron a Crawford, Texas. El presidente declaró a Luisiana y Mississippi en estado de emergencia dos días antes que el huracán golpeara. FEMA dijo estar lista para entrar en acción. El alcalde de Nueva Orleáns ordenó una evacuación obligatoria. Entonces … ¿qué falló? El pueblo estadounidense tiene derecho a preguntar y el gobierno tiene la responsabilidad de responder. ¿Por qué no fueron enviados esos mismos helicópteros que rescataron gente de los tejados un día después de la catástrofe para distribuir agua y medicinas? ¿Por qué tardaron tanto en ser enviados los vehículos anfibios a Nueva Orleáns? Cruzar el país de costa a costa manejando toma solo tres días. Nueva Orleáns está a mil cien millas de Washington, D.C., unas 18 horas por carretera, dos horas y 45 minutos por avión. No se debería tomar cinco días rescatar a miles de personas de una ciudad inundada. Existen, por supuesto, muchos héroes anónimos en esta tragedia y merecen ser reconocidos. Gente que lo ha dado todo de si mismos para salvar vidas, para atender a los enfermos, para consolar a los niños: Los militares, socorristas, voluntarios, vecinos ayudando a vecinos. Millones de dólares han sido donados y ciudadanos comunes y corrientes a lo largo y anchos del país, han enviado toneladas de ayuda a los necesitados. Es bueno saber que los norteamericanos tienen ese espíritu caritativo, porque ahora sabemos que no podemos depender de nuestro gobierno en momentos de necesidad y tragedia.