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EL PRECIO DE VIVIR EN EL PARAISO
escrito por Maria Elena Salinas   
Fecha: 31/10/2005
 
MIAMI -- Para muchos Miami es un paraíso. Hay clima tropical todo el año, kilómetros interminables de playas y un sabor latino incomparable. Los turistas llegan por los miles para disfrutar de los rayos del sol y pasearse por el famoso distrito Art Deco de Miami Beach. Condominios de lujo están siendo erigidos casi a diario y las propiedades frente al mar se están vendiendo como pan caliente. Pero hay que reconocerlo. Si queremos vivir en el paraíso, hay que pagar el precio. Este es territorio de huracanes, y del primero de Junio al treinta de Noviembre, siempre hay una posibilidad de que nos azote una tormenta tropical o un huracán. Y cuando ocurre el paraíso se puede convertir en nuestra peor pesadilla. La pesadilla comienza desde el momento en que los meteorólogos nos informan de alguna depresión tropical que se empieza a formar en la costa de África o en las aguas del Caribe. Si es que se convierte en tormenta tropical y se dirige hacia el norte, allí es donde comienza el juego de adivinanzas. ¿Que si aumentara de intensidad? ¿Que si subirá por el Atlántico o se meterá por el golfo de México? De cualquier forma a la Florida nos puede llegar de ambos lados. Si hay la más mínima posibilidad de que la tormenta se dirija hacia el estado, comienza el ataque de nervios. Los meteorólogos nos muestran el temido cono de incertidumbre y si tenemos la mala fortuna de vivir dentro de la zona que cubre, el nivel de ansiedad va subiendo dramáticamente. Los que vivimos en el trópico conocemos bien la rutina. Hay que estar bien abastecidos de agua embotellada, comida enlatada, linternas y baterías. Tenemos que asegurarnos que el tanque del auto este lleno de gasolina y que estén colocadas los protectores de ventanas y puertas de cristal. Para aquellos que no tienen los protectores, esta el inevitable viaje a la tienda para comprar tiras de madera. Después de haber sido golpeados por tantos huracanes, uno pensaría que la rutina seria fácil de seguir, pero no. La gente siempre se espera hasta el último momento y la tormenta los agarra desprevenidos. Podría ser por la imperfección en la ciencia de predecir huracanes. El no saber a ciencia cierta si el temporal llegara por el sur o el norte, o si vendrá con mas lluvia que viento. Uno nunca sabe. Pero también podría ser porque las advertencias de huracán han sido tantas veces una falsa alarma. Con demasiada frecuencia después de pasar por la histeria de huracanes, nos pasamos horas esperando su llegada y no cae ni una gota ni se mueve una hoja. La tempestad decide cambiar de rumbo dejándonos frustrados por haber perdido el tiempo. Aun así es un gran riesgo el enfrentar tormentas con apatía o incredulidad. Las consecuencias de sus vientos huracanados pueden ser tan impredecibles como su blanco. Nos ha pasado dos veces en cuestión de dos meses. Antes de dirigirse hacia el golfo de México, Katrina paso por aquí como un huracán de categoría uno arrancando techos de casas y negocios, inundando barrios enteros, destruyendo casas móviles, desgarrando árboles e interrumpiendo la electricidad por hasta una semana. Y luego vino Wilma. Por varios días sabíamos que la tormenta más poderosa de la temporada podría dirigirse hacia la Florida. Sin embargo cuando llego, agarro a muchos desprevenidos preguntándose como es posible que una tormenta que entra por la costa oeste del estado pueda causar tanto daño en ciudades del Atlántico como Miami y Fort Lauderdale. Más inundaciones, árboles desgarrados, ventanas reventadas y la posibilidad de estar sin electricidad o agua hasta un mes. Claro que después de la devastación que dejo Katrina en los estados de golfo, lo que hizo Rita en Texas y Luisiana, y la muerte y destrucción causados por Stan y Wilma en México y Centro América, no nos podemos quejar. Sabemos que año tras año podríamos ser blanco de un huracán. Pero si podemos ver mas allá de los árboles caídos, las tejas rotas de los techos, las colas interminables para comprar gasolina, agua y hielo, tenemos que reconocer que esto sigue siendo el paraíso. Pero para vivir aquí, hay que pagar un alto precio.