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COMO HA CAMBIADO LA VIDA
escrito por Maria Elena Salinas   
Fecha: 18/09/2006
 

Estoy a bordo de un avión en algún lugar entre el Sur de la Florida y la capital de la nacion. Es un viaje relativamente corto. Se trata de una asignación especial. Normalmente hubiera traído equipaje de mano, pero no, tuve que registrar mi maleta. Las nuevas reglas nos impiden entrar al avión con líquidos y sustancias cremosas, y no puedo viajar sin pasta dientes, líquido para los lentes de contacto, crema de manos, crema hidratante, fijador de pelo, y por supuesto, la base y el lápiz labial. Ni modo, trabajo en televisión y necesito maquillaje.

 

No me gusta registrar mi equipaje. Toma una eternidad llegar a donde hay que recogerlo y es una verdadera perdida de tiempo. Hoy en día pasar por los retenes de seguridad también toma una eternidad. No solo se revisan los bolsos con la maquina de rayos x, sino que se repite la revisión a mano. La peor parte de ese proceso, sin duda, es tener que caminar descalzo por el piso sucio de un aeropuerto. Odio al tipo ese que intento usar un zapato como bomba.

 

La vida ciertamente ha cambiado para todos nosotros desde los atentados terroristas del 11 de septiembre del 2001, ya sea que estemos viajando, hablando por teléfono, navegando en internet, sacando libros de la biblioteca o simplemente expresando nuestros puntos de vista políticos. Ya no nos podemos sentir libres para expresar y hacer lo que se nos pegue la gana sin preguntarnos si alguien escucha nuestras conversaciones, o investiga nuestros temas de interés en materia de lectura. No hay duda, nuestra privacidad ha sido invadida.

 

Un inmigrante ya no es tan sólo un inmigrante. La raza ya no es solo un símbolo de diversidad social. Su color de piel o su acento podrían convertirlo en un terrorista potencial. Sus creencias religiosas pueden hacer que sea percibido como a un sospechoso.

 

En los pasados cinco años se han alterado nuestro mundo y nuestro estilo de vida. Lo pensamos y sentimos rabia. Culpamos a los terroristas por sus actos brutales. Lo pensamos y nos sentimos vulnerables. Culpamos a nuestro gobierno por no protegernos. Lo pensamos y sentimos que hemos perdido nuestra libertad. Culpamos a nuestro gobierno otra vez. Lo pensamos y nos sentimos frustrados. Ya no sabemos a quién culpar.

 

Pero cuando ponemos a un lado la rabia, la frustración y los inconvenientes de vivir una vida con tantas limitaciones, se nos hace difícil no pensar acerca de la experiencia de lo que significa realmente una vida que ha sido alterada.

 

Tan sólo un ejemplo. Wilder Alfredo Gómez celebró su cumpleaños 38 el 9 de septiembre del 2001. Pidió a su madre, Luz América Ayala, que le tomara una fotografía con su nuevo uniforme antes de ir a trabajar esa mañana. Esa noche Luz América le preparó un pastel de cumpleaños. Fue una velada sencilla pero memorable.

 

Wilder y su madre inmigraron a Estados Unidos en 1992 para escapar de los peligros por atentados terroristas en Colombia. Wilder, quien era un mecánico de la Fuerza Aérea Colombiana, soñaba con aprender inglés y trabajar para una aerolínea norteamericana. Pero en lugar de eso llegó a ser mesero en el restaurante Windows of the World, en las torres gemelas de Nueva York. Estaba programado para trabajar a las 10 de la mañana el 11 de septiembre. Pero por aquellas cosas del destino, la noche anterior su jefe lo llamó y le pidió que reemplazara a un amigo a la 6 de la mañana.

 

Eran como las 9 de la mañana de ese fatídico día cuando Luz América se entero a través de su esposo de lo que ella creyó había sido un accidente causado por un piloto despistado. Llamó a su hijo y él, sin saber lo que ocurría, le dijo que no se preocupara. “Los ruidos son comunes en un edificio tan alto.” Esas fueron las últimas palabras que su madre escuchó de él.

 

El cuerpo de Wilder fue el 103 encontrado entre los escombros de la zona cero. Cada semana Luz América lleva flores a su tumba. Un viejo pedazo de pastel de cumpleaños aun esta en su refrigerador. Y aquella foto que le tomo con su uniforme nuevo de trabajo junto a los recuerdos de su vida, es lo único que le queda de su hijo.

 Si multiplicamos la experiencia de Luz América por miles. Los miles que perdieron un hijo o a una hija, a una madre o padre, a un hermano o hermana, una pareja o un amigo. Los miles que sobrevivieron la tragedia y quedaron con cicatrices emocionales imborrables. Y los miles que nunca tuvieron la oportunidad de alcanzar los sueños de su vida; será entonces cuando podamos comenzar a poner la vida y sus nuevos inconvenientes en perspectiva. Son una realidad y tenemos el derecho de disputarlos. Pero también deberíamos contar nuestras bendiciones.***