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"Yo soy la hija de mi padre"



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MAS QUE UN SIMPLE DIA DE PAVO

escrito por Maria Elena Salinas   
Fecha: 19/11/2006
 

Durante seis años, a comienzos de los años 80, como reportera local en Los Ángeles, tenía que ir en cada celebración de Acción de Gracias a la Misión de Los Ángeles para hacer una historia. El enfoque generalmente era la cena de pavo, o almuerzo, preparado para los indigentes: ¿Quiénes eran los voluntarios? ¿Quién donaba los alimentos? ¿Qué significaba para ellos? La mayoría de las veces la respuesta a esta última pregunta era “es el día del pavo.”
Muchos de los desamparados que encontraban alimento y refugio en La Misión eran inmigrantes del sur de la frontera. No hablaban inglés y raramente podían disfrutar un menú elaborado a base de pavo con relleno, puré de papa, salsa de arándanos, cazuela de ejotes, pan de maíz y pastel de calabaza. Aunque esa comida era tan distinta a la que estaban acostumbrados, intentaban adaptarse a la tradición estadounidense. Agradecían los alimentos y si les agregaban un jalapeño lo agradecían aun más.
En estos días en millones de hogares latinos se prepara una variación de menús con motivo del Día de Acción de Gracias. Sirven el pavo con arroz y frijoles, yuca con mojo de ajo, gallo pinto, tamales, quizás algunos churros con chocolate caliente después del pastel de calabaza. Peregrinos e indios quizás jamás pensaron en cubrir el pavo con mole, o servirlo con puré de papa al chipotle, pero apuesto que si lo hubieran hecho se habrían chupado los dedos. ¿Y qué tal unos tacos con pavo recalentado? Mmm ¡que rico!
Pero ya está bien, hasta aquí hablamos de comida.
Acción de Gracias es una de las tradiciones norteamericanas que más son acogidas por los inmigrantes, sin importar de donde vienen. La celebración, después de todo, está basada en la tradición de este país de acoger a los inmigrantes y ayudarlos a asimilar su cultura. En aquella época de los años 1620, los peregrinos no sólo daban gracias a Dios por las abundantes cosechas, también a los indios norteamericanos por su hospitalidad y por enseñarles a cosechar sus propios productos.
Es realmente irónico como casi 400 años después podemos hacer un paralelo en la relación entre los recién llegados y los nativos norteamericanos, pero esta vez los papeles se han invertido. Los nativos de esta tierra son ahora descendientes de inmigrantes y los inmigrantes recién llegados son los que, en muchos casos, plantan las semillas y después recogen las cosechas.
Esa actitud amistosa entre peregrinos e indios descrita durante la famosa cena en Plymouth, Mass., que llegó a convertirse en símbolo de Acción de Gracias, esta un poco perdida en estos días. El sentimiento antiinmigrante demostrado a lo largo y ancho del país en pequeñas municipalidades que procuran evitar que inmigrantes obtengan trabajos y alquilen viviendas y entre políticos que prefieren construir muros en vez de puentes, difiere ampliamente del espíritu de Acción de Gracias.
Sí, tal vez había cierta desconfianza entre los peregrinos y los indios de entonces, pero aun así fueron capaces de poner sus conflictos a un lado para compartir el pan. Uno esperaría que hubiésemos madurado como país desde entonces y que fuéramos capaces de respetar nuestras diferencias y celebrar nuestras similitudes como seres humanos.
No importa que condimentos le pongan al pavo, los inmigrantes agradecen la oportunidad para trabajar, para mejorar sus vidas, para aprender un nuevo idioma, y para poner en práctica nuevas tradiciones y por supuesto disfrutar de una buena cena. ¡Buen apetito!

 

 

 

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 (Maria Elena Salinas es autora del libro “Yo soy la hija de mi padre: Una vida sin secretos.” Conectese a www.mariaesalinas.com)