El primero de mayo es el Día del Trabajo en la mayor parte del mundo, pero en Estados Unidos el primero de mayo se ha convertido en los últimos dos años en un día simbólico en defensa de los derechos de los inmigrantes. Puedo escuchar ahora la queja de los grupos antiinmigrantes: “¿Qué derechos? Los inmigrantes no deben tener ningún derecho.” Una vez más vemos como se enturbia la línea entre inmigrantes y trabajadores indocumentados, y entre hacer cumplir las leyes y respetar los derechos humanos.
Hay quienes todavía se niegan a aceptar que el debate sobre la inmigración en nuestro país nos afecta a todos: ciudadanos y residentes legales de descendencia hispana que han sido discriminados, niños nacidos en Estados Unidos que han sido separados de sus padres por redadas masivas, granjeros cuyas cosechas se pudren porque no hay inmigrantes para trabajar en sus campos, el contribuyente estadounidense que tendrá que pagar más por productos y servicios, nuestra seguridad nacional por mantener viviendo en la penumbra a millones de personas y, por supuesto, los inmigrantes que viven en un limbo legal.
Miles de inmigrantes y sus partidarios en más de dos docenas de ciudades participaron en protestas, marchas, mítines y vigilias éste primero de mayo haciendo un llamado para que se apruebe una reforma migratoria justa que abra las puertas para la legalización de los trabajadores indocumentados y termine de una vez por todas con las redadas y las deportaciones masivas que conducen a la separación de las familias.
Las marchas, mayormente pacíficas, fueron opacadas por la violenta represión contra manifestantes en Los Ángeles por parte de policías con equipos antimotines. El caso está todavía bajo investigación, pero según comentarios de testigos el incidente que provocó la excesiva muestra de fuerza ocurrió a unas cuadras del lugar de reunión e involucró a por lo menos una docena de aparentes anarquistas. La fuerza utilizada contra familias con niños y miembros de los medios de prensa que cubrían la manifestación fue excesiva y desproporcionada.
No obstante, las marchas y reuniones de protesta en todo el país tuvieron este año una concurrencia más baja que la participación millonaria en el boicot nacional hace un año. El temor a posibles redadas y la preocupación a perder sus trabajos, mantuvieron a muchos alejados y varias organizaciones latinas optaron por hacer campañas de ciudadanía y registro de votantes para apoyar la causa de los inmigrantes. Destacadas personalidades de la radio hispana que convocaron a las multitudes el año pasado, decidieron lanzar este año una campaña de envío de cartas para cerciorarse de que el mensaje llegara directamente a los congresistas.
Mucho ha cambiado desde esa primera ola de marchas. El año pasado el país estaba más polarizado con respecto a la inmigración que ahora. El número de crímenes de odio contra latinos aumentó y los legisladores no lograron aprobar un nuevo proyecto de ley antes de que finalizaran las sesiones en el verano. Docenas de funcionarios electos basaron sus campañas para las elecciones de mitad de mandato en el 2006 en una plataforma antiinmigrante que les resulto contraproducente. De 17 candidatos en varios estados que usaron anuncios antiinmigrantes, 14 perdieron su elección.
Ahora incluso los más ardientes críticos de los inmigrantes coinciden en que hay una urgente necesidad de una reforma migratoria. Caro que aun hay quienes prefieren leyes que solo enfaticen la seguridad, pero un número creciente de legisladores se ha dado cuenta de que cualquier reforma tiene que incluir alguna clase de programa de trabajadores huéspedes y una vía hacia la legalización de los 12 millones de inmigrantes indocumentados.
La actitud de los votantes estadounidenses ha cambiado a un ritmo más rápido que la de los políticos a la hora de reconocer la importancia de una reforma migratoria justa. Investigaciones hechas por el Foro Nacional de Inmigración muestran que en sondeo tras sondeo hecho desde noviembre del 2006, una mayoría de votantes apoya una ley que incluya la legalización para los indocumentados que ya viven dentro de Estados Unidos, aunque con algunas restricciones.
Pareciera que los norteamericanos están despertando finalmente a la realidad de que los inmigrantes son el motor que mantiene a este país en marcha. Necesitamos una reforma migratoria práctica, realista y humana. No podemos permitir que argumentos emocionales e irracionales en contra de los inmigrantes eviten que se resuelva un problema que tanto nos afecta.
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(Maria Elena Salinas es autora del libro “Yo soy la hija de mi padre: Una vida sin secretos.” Conectese a www.mariaesalinas.com)
© 2007 by Maria Elena Salinas
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