Estoy en un avión rumbo hacia Haití. El aeropuerto de Puerto Príncipe continúa cerrado para vuelos comerciales. Por ahora la mejor manera de entrar el país es llegar hasta la vecina República Dominicana y entonces viajar en helicóptero, ya que gran parte de las carreteras en Haití no son seguras para viajar después del devastador sismo que virtualmente destruyó la capital.
No sé lo que voy a encontrar cuando llegue, pero sé lo que dejé atrás: un torrente de apoyo para Haití como nunca he visto antes.
La información durante las primeras horas fue escasa debido a los fallos en los sistemas de comunicación, pero cuando las imágenes comenzaron a verse por las cadenas de televisión, quedó claro que estábamos ante una crisis humanitaria de proporciones mayores. Y la gente reaccionó ante la tragedia. Se pusieron la mano en sus corazones y abrieron sus bolsillos.
Comenzando con Estados Unidos, países de todo el mundo comenzaron a ofrecer ayuda para el pueblo haitiano. $100 millones de Estados Unidos, $10 millones de Gran Bretaña, $9.3 millones de Australia, $5 millones de Noruega y Japón para mencionar unos pocos. La mayor parte de esos países también enviaron ayuda logística, equipo médico, expertos en búsqueda y rescate, alimentos, medicinas y otros suministros necesarios.
Pero quizás la respuesta más impresionante vino de simples ciudadanos que han sido conmovidos por el sufrimiento del pueblo haitiano. Las almas inocentes que divagan por la ciudad tratando de hallar a sus seres queridos, los que desesperadamente tratan de rescatar a miembros de sus familias de entre los escombros. Los miles y miles que han perdido todo y no tienen un lugar seguro para pasar la noche, ningún alimento, ni bebidas, ni consuelo para su dolor.
En todas partes a donde voy después del terremoto la gente pregunta cómo puede ayudar. Preguntan si pueden donar alimentos, ropas o medicinas. Otros preguntan cual es la mejor organización a través de la cual pueden hacer donaciones. Una niña de 10 años de edad sugirió a su mamá que su equipo de fútbol juegue un partido y cobre a los espectadores para recaudar dinero para los haitianos.
La nueva tecnología ha dado origen a un nuevo sentimiento de filantropía. En las redes sociales Twitter y Facebook el tema de Haití y los esfuerzos de recaudación de fondos pasaron a un primer plano. Una campaña para donar $10 a la Cruz Roja a través de mensajes de texto recaudó $1 millón las primeras 24 horas.
En República Dominicana que comparte la isla Española con Haití, varias organizaciones humanitarias han recibido toneladas de donativos de ciudadanos dominicanos en un país que también sufre de grave pobreza. Un grupo de jóvenes que recién empezaron un nuevo negocio de comida donó la mitad de sus ganancias para las víctimas del terremoto en una muestra de solidaridad con sus vecinos.
A través de los años he cubierto muchos desastres naturales. He visto la devastación que la madre naturaleza puede dejar y el dolor de aquellos afectados por su furia. He visto el calor humano y el apoyo para las víctimas mientras tratan de regresar a su vida normal. Pero desafortunadamente, cuando otras noticias con acontecimientos especiales ocurren y los titulares comienzan a cambiar, la gente parece olvidarse de los necesitados.
La miseria de Haití no terminará con la cobertura noticiosa. No terminará en dos, tres semanas o tres meses. El sufrimiento en el país más devastado del mundo continuará, y el mundo debe mantenerse pendiente.
***
(Maria Elena Salinas es autora del libro “Yo soy la hija de mi padre: Una vida sin secretos.” Conectese a www.mariaesalinas.com)
© 2010 by Maria Elena Salinas
Distributed by King Features Syndicate |