Las comparaciones son inevitables. La tierra sacudió violentamente a dos países en un período de seis semanas. En ambos casos hubo muerte y destrucción. Tanto Chile como Haití son vulnerables a la actividad sísmica, y ambos han sufrido su buena dosis de desastres naturales.
Aunque ninguna pérdida de vida humana debe ser desestimada, la pregunta que persiste es ¿por qué si el terremoto de magnitud 7.3 en Haití mató hasta 230,000 personas, según el gobierno, como es qué el temblor de magnitud 8.8 en Chile -- mil veces más fuerte según algunos expertos -- cobró las vidas de tan sólo una parte de esa cifra?
Una explicación podría ser la ubicación del epicentro. En Chile fue a una profundidad de 22 millas en la costa y en Haití a sólo seis millas de profundidad y fue más cerca a la ciudad más poblada del país.
Pero otra razón de los dos muy distintos resultados para tragedias similares, es la gran disparidad socioeconómica entre las dos naciones. Una está entre los países más desarrollados del hemisferio; la otra es la más pobre y subdesarrollada.
Las experiencias de Chile con los terremotos han llevado al país a establecer estrictos códigos de construcción. La población, con una de las más elevadas tasas de alfabetización en la región, reaccionó con rapidez. El país tiene recursos para responder a una emergencia: Hábiles equipos de rescate, equipo pesado, un ejército fuerte y estructuras apropiadas que sirven como refugio. Varias ciudades y pequeños pueblos fueron afectados, pero la capital sufrió tan sólo daños menores.
De otro lado Haití quedó totalmente desolado, con las autoridades incapaces de responder a la crisis. La mayoría de los edificios del gobierno en Haití fueron destruidos junto con miles de viviendas y negocios y las comunicaciones quedaron totalmente cortadas. Virtualmente la capital entera quedó en ruinas. El gobierno, incapaz de lidiar con la magnitud de la tragedia, dependía casi totalmente de la ayuda externa.
Aunque nadie puede ser culpado de un desastre natural, excepto la madre naturaleza, tanto en Chile como en Haití, quienes gobiernan los respectivos países son por lo menos parcialmente responsables de la pérdida de vidas.
En Haití, la irresponsabilidad del gobierno y una cultura de corrupción hacen al país más vulnerable ante un desastre. Cuando estuve allí cubriendo las repercusiones del desastre, varios haitianos me dijeron que no estaban sorprendidos. Ellos sabían que el día que un terremoto se produjera o un fuerte huracán los golpeara, el país sería destruido. Allí no existen códigos de construcción, aunque Haití está asentado sobre una peligrosa falla geológica en medio del Caribe.
Cuando ocurrió el desastre en la isla, no se establecieron refugios, no se distribuyó ayuda, no hubo ningún esfuerzo de rescate hasta varios días después, e incluso fueron extranjeros y no haitianos quienes salieron al rescate. La población, ante la falta de información sobre lo que debía hacer en caso de desastre, estaba realmente perdida.
En Chile, a pesar de sus preparativos, se cree que un gran número de muertes ocurrió no solamente por el derrumbe de edificios sino por las olas que barrieron a comunidades enteras poco después del fatal temblor.
Muchos residentes de las ciudades costeras habían huido hacia lugares más elevados ante la posibilidad de un tsunami, pero algunos han declarado que personal militar les ordenaron regresar a sus hogares asegurándoles que estaban a salvo. El ministro de defensa de Chile reconoció luego que fue un error el no haber advertido a la presidenta Michelle Bachelet de la posible amenaza de olas gigantes y no haber ordenado una evacuación.
Demasiado tarde para rectificar. Los sobrevivientes han narrado historias horribles de como sus seres queridos les fueron arrebatados de sus brazos y fueron literalmente tragados por el océano. Seis días después del sismo la cifra de muertos fue reducida a alrededor de 300 de los 800 que se habian reportado. A pesar de los vastos recursos del gobierno, la ayuda aun no habia llegado a las zonas mas afectadas. Ese no es el legado que quería dejar la presidenta Bachelet cuando entregue el poder el 11 de Marzo.
Desafortunadamente, los terremotos son fenómenos naturales que no se pueden predecir. Hay mucho que no sabemos acerca de los ajustes y reajustes de la tierra, pero sabemos el nivel de destrucción que pueden causar. Nuestros líderes mundiales deben estar listos para responder, para prevenir que una mala situación empeore.
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(Maria Elena Salinas es autora del libro “Yo soy la hija de mi padre: Una vida sin secretos.
” Conectese a www.mariaesalinas.com)
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