Rosario Lucero hizo una de las cosas más difíciles que una madre podría hacer. Fue hasta el lugar donde mataron a su hijo. “Con mucha pena, mucho dolor, al saber que aquí mi hijo terminó con su vida,” dijo. “Pero no importa, hay un Dios y Dios que les perdone y mi hijo que les perdone.”
Lucero se refería al grupo de jóvenes que salieron una noche en noviembre del 2008, sin otra intención que la de “golpear mexicanos,” tan sólo por diversión. Desafortunadamente Marcelo Lucero se cruzó en su camino. El era ecuatoriano, no mexicano, pero para los racistas es el origen étnico lo que importa y no el país.
Lucero fue golpeado brutalmente y apuñalado dejando un rastro de 370 pies de sangre antes de derrumbarse. Murió poco después.
Los crímenes de odio han aumentado desde hace algún tiempo, y es posible que finalmente nuestro sistema de justicia esté enviando el mensaje de que no serán tolerados. Después de un controversial juicio en el condado Suffolk de Nueva York, un jurado encontró culpable de homicidio involuntario en un crimen de odio a Jeffrey Conroy de 19 años, además de asalto en primer grado en pandilla y conspiración en cuarto grado. No era exactamente el veredicto que los fiscales querían. Conroy fue uno de siete adolescentes acusados de diversos crímenes relacionados con la muerte de Lucero, pero Conroy fue quien dio la puñalada que acabó con la vida del inmigrante ecuatoriano. Fue absuelto de la más grave acusación de asesinato en segundo grado. Esto quiere decir que enfrenta tan sólo entre ocho y 25 años tras las rejas.
Irónicamente al finalizar el juicio, comenzaron otros, también en Nueva York, contra dos hombres acusados igualmente de golpear hasta la muerte a otro inmigrante ecuatoriano. Un mes después de que Lucero fue asesinado José Sucuzhanay tuvo la mala suerte de cruzarse en el camino de Hakim Scott y de Keith Phoenix. Los dos gritaron insultos anti-hispanos y anti-gay contra el hombre que vieron caminar por la calle del brazo de otro. Salieron de su vehículo, según el fiscal, rompieron una botella de cerveza sobre la cabeza de Sucuzhanay y continuaron golpeándolo con un bate metálico de béisbol. Scott y Phoenix fueron acusados de asesinato en segundo grado por un crimen de odio.
Estos no fueron necesariamente incidentes aislados. Después de que los primeros arrestos fueron hechos en el caso de Lucero, otros inmigrantes hispanos salieron a denunciar violencia contra ellos basados en su raza. No sólo se detecto un patrón de intolerancia y de racismo en partes de Nueva York y de Nueva Jersey, sino también de impunidad. La policía simplemente no tomaba en serio denuncias de ataques a inmigrantes y las víctimas de crímenes de odio tenían miedo de presentarse.
Gracias a la reciente aprobación de nuevas leyes contra los crímenes de odio, la familia de Luis Ramírez en Shenandoah, Pensilvania, está esperando que finalmente se haga justicia por su asesinato. El inmigrante mexicano fue golpeado hasta la muerte por cuatro deportistas blancos, estudiantes de escuela secundaria, el 12 de julio del 2008. Los dos jóvenes llevados a juicio fueron hallados culpables por un jurado blanco tan sólo de simple asalto. Activistas en pro de los derechos civiles de los inmigrantes, además de familiares y amigos, estaban indignados con el veredicto y cabildearon para que fueran presentados cargos federales contra ellos por un crimen de odio.
Por fortuna los fiscales federales reconocieron la injusticia en este caso y no sólo acusaron de crimen de odio a Derrick Donchak y Brandon Piekarsky, ahora de 20 y 18 años, sino que además acusaron a tres ex oficiales de policía de Shenandoah de obstruir la investigación. Un juicio federal contra los ex policías está programado para comenzar en algún momento en mayo y contra Donchak y Piekarsky a comienzos de octubre.
Desafortunadamente demasiada gente pierde la vida víctimas de la ira y la intolerancia. La justicia debe aplicarse en todos los casos, pero francamente eso no nos devuelve a un ser querido. Lo que deberíamos hacer como sociedad es trabajar para educar a la gente a ser más abierta, tolerante y compasiva. Nadie merece morir por el color de su piel o su estilo de vida.
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(Maria Elena Salinas es autora del libro “Yo soy la hija de mi padre: Una vida sin secretos.
” Conectese a www.mariaesalinas.com)
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