| Bill Clinton se despide de la presidencia dejando a Estados Unidos en su mejor momento. María Elena Salinas, quien lo entrevistó 5 veces, cuenta cómo vió al hombre que puso la Casa Blanca al rojo vivo.
Para ser el presidente del país más poderoso del mundo, no me hizo esperar tanto. La cita que tenía con Bill Clinton, el primer mandatario de Estados Unidos, era a las 4:50 de la tarde en la sala Roosevelt de la Casa Blanca. Llegué una hora antes. Quería asegurarme de que todo estaba en su lugar. Me había pasado toda la manaña repasando mis preguntas. Para la entrevista, decidí estrenar traje. Uno gris oscuro a rayas, con una blusa de seda blanca y un collar de perlas. El look tenía que ser conservador y formal. Muy presidencial. Angel Matos, el jefe de camarógrafos de Univisión, le dio los últimos toques a la iluminación y revisó los tiros de cámara. El siempre me cuida. Jorge Contreras, en la segunda cámara, estaba emocionado porque votaría por primera vez luego de hacerse ciudadano. Lazz Rodríguez, que noche a noche hace milagros en mi cara con su pincel, estaba preparado con su base C-4, y el polvo NC-20 de MAC para su primer maquillaje presidencial. Mi productora, Yoli Zugasti, estaba con pluma y papel en mano para no perderse un detalle, y Debbie Durham, la jefa de nuestra corresponsalía en Washington, hacía relaciones públicas con el personal de prensa de la Casa Blanca. Aproximadamente a las 5 y 15 minutos de la tarde, le pidieron a Lazz que entrara a la Oficina Oval. Fue el maquillaje más rápido de su vida —duró unos dos minutos— mientras los asesores del Presidente lo preparaban para su entrevista con Univisión. Bill Clinton entró a la sala Roosevelt acompañado de María Echaveste, la mujer hispana de más alto rango en la Casa Blanca. Sonrió y me dijo: “Hello, again, María Elena”. Estuve consciente de hasta el último detalle. Quizás en otra época hubiera pasado desapercibido el puro que llevaba en el bolsillo de su saco. Lo vi cuando se acomodaba en la silla mientras le ponían el micrófono. Me pasaron mil cosas por la mente, pero ninguna apropiada para comentar con él. Mejor me quedé callada y comencé la entrevista. Era la quinta vez que estaba cara a cara con el líder del mundo libre. Las primeras dos, cuando todavía era candidato presidencial, lleno de ideales y energía; una tercera, como flamante mandatario en la Casa Blanca, cuando no se imaginaba lo que le esperaba; y la cuarta, en un programa especial producido en Argentina en un intercambio con jóvenes del continente. Mucho había pasado desde la última vez que lo entrevisté. Llevaba más de un año y medio solicitando esta entrevista. Si no era una cosa era otra. Estaba muy ocupado con el escándalo del vestido azul.
Había evitado por un tiempo hablar con la prensa, y justo cuando nos avisaron de la Casa Blanca en diciembre de 1999 que el Presidente nos recibiría en Nueva York para hablar de su iniciativa de mercados nuevos, nos vimos en la obligación de rechazar su invitación. No podíamos hacer preguntas de otros temas que no fueran los esfuerzos de la administración por fomentar las inversiones en ciudades pobres; por eso preferimos esperar a una entrevista más amplia. Guardé mi lista de preguntas sobre Elián, Monica Lewinsky, el General Pinochet, la Marina en Vieques y muchas otras noticias de ese momento. El tiempo cambia las prioridades y algunos de los temas que hace un año eran candentes, de repente perdieron su importancia. Esta entrevista sería diferente. Sería la última vez que hablaría con él. Con un hombre con unas cuantas canas más y golpeado por un escándalo tras otro. Le quedaban semanas en la presidencia y era un hombre aún en busca de su legado. Hablamos de política, de la elección presidencial y de su participación, o falta de ella, en la campaña de su vicepresidente Al Gore. Clinton elogió a los dos candidatos presidenciales por hablar español, y dijo que esperaba ser el último mandatario norteamericano que no habla español. Y se quejó de su incansable pelea con un Congreso republicano. Me repitió, una y otra vez, los logros de su presidencia: "Una economía estable, 22 millones de nuevos empleos, el crimen en su nivel más bajo en 26 años, menos personas recibiendo asistencia social, mayor acceso a seguro médico, el aire más limpio y el agua más segura". Durante la entrevista, Clinton llamó al presidente electo de México, Vicente Fox, “un tipo impresionante”. Defendió a inmigrantes centroamericanos, pero a la pregunta de qué hacer con los 6 millones de indocumentados que radican en Estados Unidos, me respondió: “Mi sucesor tendrá que decidir qué hacer al respecto”.
El tiempo se venía encima y mi lista de preguntas parecía eterna. Cómo levantarme de esa silla sin preguntarle sobre su legado. Cómo preguntárselo para que me diga la verdad. De una docena de preguntas, sólo podía hacer tres más. ¿Se arrepiente de algo a nivel personal, señor Presidente? “Claro que sí”, me contestó. “Pero si tuviera que hacerlo nuevamente, todavía quisiera ser Presidente, y todavía quisiera tener el reto de servir, ha sido un honor y un placer”. ¿Considera que tiene un matrimonio sólido que podrá superar todo por lo que han pasado? “Espero que sí. Una de mis metas siempre ha sido ser un hombre viejo, de 70 años, sentado en el banco de un parque con ella (Hillary), mirando pasar a la juventud en la plenitud de su vida sin remordimientos, y todavía espero que ocurra”. ¿Y cuál sería su legado? “Creo que los historiadores tendrán que juzgarme y creo que lo principal es que cambiamos al país dándole a la gente esperanza y posibilidades”. Los historiadores seguramente tienen varias páginas reservadas para el presidente Bill Clinton. Al fin y al cabo, no cualquier jefe de estado puede dejar como parte de su legado un juicio político, un vestido azul, un puro y una revista Playboy. Pero no hay duda de que también harán espacio para decir que Bill Clinton —sí, el hombre que le mintió al país diciendo “no tuve sexo con esa mujer, la señorita Lewinsky”— es el mismo hombre que encabezó la época de mayor prosperidad para su país en varias décadas, y quizás hasta digan que le dio a algunos esperanza y posibilidades. Bill Clinton fue uno de esos presidentes que despertó pasiones. Desde el principio, unos lo odiaron y otros lo idolatraron. Después de cubrir su presidencia por ocho años, y entrevistarlo en cinco ocasiones, yo le robaría su frase para describirlo como “un tipo impresionante” |