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Presentando su libro
"Yo soy la hija de mi padre"



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María Elena Salinas
escrito por Liz Balsameda (AARP - Segunda Juventud)   
Fecha: 05/04/2006
 
La cobertura de guerras, desastres naturales, elecciones, visitas papales y reuniones presidenciales es el trabajo de la periodista ganadora del Premio Emmy, María Elena Salinas. Sin embargo, las entrevistas con jefes de estado, dictadores y comandantes palidecieron cuando la popular periodista y presentadora de noticias de Univision asumió su tarea más difícil. Esa muy atemorizante historia apareció justo unos días después de que falleciera su padre, en 1985. Enterrado en un gastado archivo de sus papeles personales, había un documento que la dejó muda: decía que su padre había sido alguna vez un sacerdote. ¿Un sacerdote? Esa revelación llevó a Salinas a una búsqueda que se extendió por décadas y por distintos continentes; una investigación dentro del misterioso pasado de su padre. Tuve la suerte de acompañarla en parte de ese viaje, como colaboradora de sus memorias, Soy la hija de mi padre: Viviendo una vida sin secretos, publicadas en abril de 2006.

Al trabajar con María Elena, observé a una periodista tenaz que estaba dispuesta a descubrir verdades familiares ocultas durante muchos años. Era valiente. Sabía que desenterrar estos misterios podría traer aparejadas dolorosas realidades o decepciones. No obstante, ni siquiera la posibilidad de una aflicción la podía detener. En el proceso, Salinas descubrió más de lo que esperaba; descubrió verdades fundamentales sobre ella misma.

Esa misma obstinada persecución de los hechos ha marcado el asombroso camino de la carrera de Salinas, aquél que reflejó el grandioso crecimiento y el éxito entre sus televidentes hispanos en Estados Unidos. Sus propias raíces humildes del centro sur de Los Ángeles dieron a la periodista de Miami una conexión única con su público. Ella desempeña su papel de periodista mucho más allá de la normal emisión nocturna en vivo. Cree que la descripción de su trabajo incluye un grado de apoyo social, desde campañas para el registro de votantes hasta programas de consejeros y becas.

Este año, a los 51, Salinas celebra su vigésimo quinto aniversario como periodista. Sin embargo, su mayor logro viene no de las noticias en exclusiva, el reconocimiento o el rating, sino de su familia: sus hijas, Julia, de 11 años y Gaby, de 8, y su marido, Eliott Rodríguez, un periodista para WFOR (CBS 4) de Miami.

Aquí, Salinas nos permite echar un vistazo a su multifacético mundo. (Los fragmentos son extractos de Soy la hija de mi padre: Viviendo una vida sin secretos. Copyright © 2006 por María Elena Salinas. Publicado con el permiso de Rayo, una imprenta de HarperCollins Publishers).


Cuando comencé mi carrera en televisión, la población hispana de Estados Unidos alcanzaba 14 millones. En la actualidad son aproximadamente 40 millones con un poder adquisitivo que ha superado 600 mil millones de dólares. A veces, observando desde dentro esta explosión, la experiencia ha sido abrumadora... Las cifras traen con ellas los ecos de esas tierras que he llegado a conocer muy bien en mis viajes por América Latina, al igual que las frases y los dialectos que haría resaltar la América autóctona.

Pero ésta es la parte frustrante: esas crecientes cifras no se traducían a una adecuada representación de los hispanos en la sociedad…

Me di cuenta de que quienes estábamos en los medios en español teníamos una enorme responsabilidad de llegar a nuestra audiencia no sólo para mejorar nuestro rating, sino para ayudar a su supervivencia.

P: Como periodista hispana estadounidense, ¿qué hace que su misión sea diferente de la de los periodistas de la principal corriente de Estados Unidos?
R:
Mi misión no es sólo la de informar a la comunidad hispana, sino también darles la información para ayudarlos a adaptarse a la vida en este país. ¿Cuáles son sus derechos como hispanos? ¿Cuál es su potencial como comunidad? ¿Cuáles son sus desafíos?

El principal problema que enfrenta cualquier comunidad es la falta de información. Por lo tanto, lo que podamos hacer para proporcionar a la gente información crucial —sobre educación, vacunas, inmigración, derechos electorales— es muy valioso. Puedo suministrar información sin decirles que deberían hacer esto o aquello. Pienso que tiene que ver con usar mi imagen para una causa justa.

P: ¿Qué descubrió mientras escribía este libro?
R:
Me di cuenta de que muchas cosas que configuraron mi forma de ser, mi personalidad, mis valores, tienen tanto que ver con mi padre.

Otra cosa que aprendí, que —en parte— es polémico, es el hecho de que mi propia relación personal con mi fe, con mi Dios, tenía mucho que ver con mi padre. Yo tenía tantas dudas, tantas preguntas. Me sentí liberada después de averiguar mucho sobre él. Entendí que está bien tener dudas. No hay nada de malo en hacerse preguntas.


La recuerdo con un alfiletero alrededor de su muñeca y unas tijeras en la mano, cortando telas en su mesa de costura, o sentada ante su máquina de coser, pedaleando mientras le colgaba de la boca una hebra de hilo. Siempre traía trabajo para terminar en casa…

Mi mamá no sólo sabía cumplir muy bien con sus deberes, era amorosa, paciente, dulce, fuerte y protectora. Soñaba con el día en que también yo sería madre.

Y quería ser igual a ella. Qué optimismo.

P: ¿Qué es lo más valioso que aprendió de su madre?
R:
Mi madre, que en paz descanse, me enseñó tantas cosas. El buen trabajo ético, por cierto. Pero lo primero que surge en mi cabeza cuando pienso en ella es su actitud positiva. Ella tomaba todos los desafíos que enfrentaba —como profesional, como mujer, como madre— con una actitud positiva. Nunca se quejaba. Algo que aprendí de ella es que uno puede realizar múltiples tareas. Y otra cosa que aprendí fue a ser siempre considerada con los demás.


Mi amor por él era tan profundo como los misterios que rodeaban su vida. Disciplinario, pacifista, intelectual, indocumentado. Había sido un enigma, aun dentro de nuestra pequeña y unida familia.

Pasaba de un trabajo a otro, de una empresa a otra. Trabajó en bienes raíces, como contador, como administrador de un negocio de boliche y como profesor. Pero, aparentemente, lo que buscaba no era ganar grandes salarios. En cambio, lo impulsaba un sentido de misión y caridad.
 
P: ¿Qué lecciones valiosas le enseñó su padre?
R:
La disciplina. La formalidad. El respeto. El auto respeto.


La maternidad se convirtió en el lente a través del cual llegaría a contemplar el mundo. Para mí fue cada vez más difícil dejar a mis hijas en casa mientras viajaba a cumplir mis obligaciones periodísticas. Todo lo que tenía que ver con ellas estaba siempre en mi mente mientras me encontraba lejos —sus voces, sus lágrimas, sus fotografías— . En la mayoría de los casos, mis hijas no se daban mucha cuenta de mis ausencias hasta que crecieron lo suficiente para comprender que, a veces, “adiós” significaba que pasarían días antes de que me volvieran a ver.

Todavía se me hace un nudo en la garganta cada vez que tengo que decirles adiós antes de irme a una asignación. Las llamo por la mañana, a medio día y por la noche. Tengo que oír sus voces, y, lo que es más importante, no quiero que se acostumbren a mi ausencia.

P: ¿Qué lecciones le gustaría transmitir a sus hijas?
R:
Que tengan equilibrio emocional en su vida. Que sean consideradas y que tengan un buen corazón. Que sean generosas. Lo que más me atemoriza es pensar que podrían volverse egoístas, codiciosas o materialistas. Todos los días les recuerdo que somos afortunados en tener lo que tenemos.     

 


Conozco las reglas del periodismo, sobre todo la regla tácita que prohíbe que los reporteros se involucren en las historias que cubren. No deben involucrarse políticamente, claro está. No deben involucrarse socialmente, y jamás deben involucrarse emocionalmente.

Pero es precisamente esta última parte la que con frecuencia quisiera poder cubrir con maquillaje. Confieso que he roto la cláusula “emocional” más de una vez. No sólo he abierto mi corazón en el curso de un reportaje, sino que lo he dejado atrás en las calles de otros países y en hogares de extraños cuyos nombres no siempre recuerdo.

Pero ¿cómo alejarnos de una mujer en duelo que nos recuerda a nuestra propia madre? ¿Cómo abandonar a una familia en desgracia, que podría ser nuestra propia familia? ¿Cómo ocultar los sentimientos que afloran con las historias de pérdida y amor?